23/01/2011

Imagen y percepción

Hay autores de los denominados clásicos que han trabajado extensa, profundamente el problema de la imagen y la percepción. La imagen en tanto resultante, en tanto objeto obrado como consecuencia de un obrar de la imaginación. La imagen como producido ficcional: la bestia multiple, la fiera alada, el color improbable en una piel, el cadáver que vuelve a la vida, la lengua de la persona amada que pronuncia palabras nunca dichas. Más allá, estaría la imagen articulada como registro de fenómenos croncretos, la percepción de la realidad.

(Me cuesta escribir la palabra "realidad" como si tal ficción fuera un existente, pero con la licencia del caso voy a seguir adelante.)

Me pregunto entonces: ¿quién es el hombre que percibe y que imagina en los textos de Husserl y Sartre? Ciertamente, se trata de un hombre similar a ellos, de su condición social, con similar rango etario y forma de ser en el mundo. No se trata de un anciano, pongamos por caso, el padre de Sartre si hubiera vivido lo suficiente como para que los vapores de los años versionaran sus relatos. ¿No hablaba acaso el Sartre niño con sus abuelos? En esos diálogos entre niños y mayores, ¿no naufraga y deriva la sólida diferencia entre imaginación y percepción? ¿Se diferencia con claridad si algo que ha sido dicho y se trae a cuento proviene de la realidad o de un sueño?

Mejor aun, en el inicio (si es que hay un inicio) percepción e imaginación coinciden. A Sartre niño lo llamaban cariñosamente "Poulou". Para Poulou, las imágenes percibidas del mundo, las imágenes que él se formaba del mundo y las imágenes de los "mundos" que veía en láminas, libros y pantallas eran una misma cosa. En lo cotidiano, interactuaba con esos tres registros, que para él eran uno. La diferencia posterior se trata de una tarea de disciplina y domesticación a la que nos somete la sociedad en que vivimos, para que no quedemos extraviados en órdenes improductivos.

La diferencia percepción / imaginación no es de origen, no es universal ni algo que se alcanza de manera definitiva, una meta, sino una instancia posible y efímera de la conciencia.