22/04/2010

Educar para la subversión

¿Tienen la escuela y la universidad que servir a la sociedad? En la definición de servir está implícita la idea de una sujeción intrumental: sirve el siervo, sirve el soldado, sirve la herramienta. Pero la herramienta, el soldado y el siervo no reflexionan, no se vuelven sobre sí, no interrogan ni ponen en cuestión. Hacen lo que alguien, por el motivo que sea, disponen que haga.

Tal vez la escuela y la universidad acaso no deben servir a la sociedad, sino que son parte constitutiva de la sociedad. O al menos, de una forma de pensar una sociedad posible.

Habitualmente en los medios masivos de comunicación, pleno de analistas especializados (¿en qué? ¿en la lógica del servilismo?) se presentan mimetizadas las nociones de sociedad y mercado. Claramente, una concepción instrumental de la educación pondrá énfasis en su performance, en su rendimiento, en su dimensión utilitaria. El alumno (es decir, el que carece de luz) preparado para resolver problemas es diametralmente opuesto al estudiante preparado para crear problemas. Porque el primero se conduce como una aplicación en un sistema operativo y el segundo hace preguntas incómodas, pone en cuestión los principios del sistema, complejiza, mira las cosas desde otro lado. En otras palabras, y perdón por el léxico, jode, como buen intelectual.

No hay acción intelectual que se pueda realizar acompañando la lógica dominante, sin poner en crisis o molestar el status quo. El estudiante crítico es el estudiante molesto, que perturba el orden y que no se resigna a lo que el mercado quiere que solucione. Para este estudiante es interesante trabajar como docente. Para el estudiante como sujeto social vivo, crítico, activo. Antes que para el competente y el entrenado, para el subversivo. No para el que para el que abstrae principios de casos pasados y los proyecta hacia la solución de un problema dado, sino para aquel que en diálogo con una actualidad que se le quiere imponer, decide subvertirla.

Todos reconocemos que hace falta un cambio. Pero ¿hay acaso posibilidad de pensar en una transformación auténtica que no tenga su origen en una conmoción del orden establecido?