22/12/2009

Enseñar Diseño en 2010

He escrito este texto a partir de mi diagnóstico sobre el crítico año 2009 que recientemente finalizamos en la cátedra de Diseño 2, Wolkowicz, FADU UBA. La emoción me llevó a extenderlo a toda mi actividad como docente de grado en distintas universidades.

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El momento de crisis en el que actualmente se encuentra la carrera de Diseño Gráfico de la FADU UBA, y en particular sus talleres de Diseño, no se soluciona con un discurso nostálgico por el orden eficientista. Quiero decir, hay prácticas y usos que se han apartado de las normas, que aparentan un relajamiento cercano en ocasiones a una hipotética indolencia. No hablo solamente del alumnado sino también de los docentes y autoridades. En este escenario, pareciera que una "vuelta al orden" se nos impone. Pero no puedo dejar de pensar que la invocación a una anterior situación de orden, así como el pánico por la aparente anomia que nos conduce a la desintegración, es una de las matrices del pensamiento de la derecha más conservadora. Una derecha que hoy ve renovado su discurso, amplificado geométricamente en el papel prensa y en las pantallas.

Hablo de "aparente relajamiento e hipotética indolencia" porque no los considero tales. Lo que se ve como desgano y apatía por parte de los estudiantes es en mi opinión otra cosa.

Me permito leer en el apartamiento de las normas indicios de un importante cambio de sentido en la consideración del espacio de formación universitaria y en la maneras de vincularse con el conocimiento.

Haré una breve enumeración de dolores cotidianos que sufrimos como docentes y estudiantes de la carrera de Diseño Gráfico, sin pretensión alguna de exhaustividad. Ya sabemos sobre la magra situación presupuestaria. No quiero poner en letras lo obviamente observable, por todos conocido, sino poder hacer una propuesta a partir de ello. Hay datos que son innegables en la FADU UBA. La calidad edilicia se encuentra al borde del colapso permanente: se enseña y se aprende en un entorno deteriorado, con obscena falta de recursos mínimos, con inundaciones en aulas. Padecemos el agobio del cuerpo entregado al devenir del clima, talleres con temperaturas insoportables en verano e invierno. Los horarios de inicio de las clases se extienden, los estudiantes llegan con pocos o nulos avances en sus proyectos, permanecen silenciosos ante proyectos ajenos, no hacen uso del material bibliográfico que se les propone, limitan su participación al espacio de corrección individual del propio trabajo práctico, asisten imperturbables a las clases teóricas y no traen materiales apropiados para trabajar en clase. Podríamos ensayar un amplio ejercicio de catarsis depositando la responsabilidad (¿las culpas?) en el alumnado, pero, ¿no se trataría de una queja inconducente? La queja por la queja misma es un agente inmovilizante. ¿Antes no deberíamos preguntarnos por qué los estudiantes actúan como lo hacen?

Los estudiantes no "deciden" actuar así. Actúan así porque ese es el espacio que el sistema les propone, les permite y en no pocas ocasiones los condiciona a actuar. Me niego a pensar en el alumno como un individuo solitario que toma decisiones por fuera del colectivo. Esa es otra consideración prototípica de la derecha: la del individuo solitario que, en forma de looser o héroe natural, se encamina hacia la derrota o el triunfo. El alumno que en virtud de su esfuerzo personal "capitaliza" la experiencia de los claustros y les saca provecho es el alumno modelo de la educación privada, que es muy afín (como toda la derecha) a pensar el funcionamiento de la educación con metáforas económicas. En la UBA no enseñamos a individuos sino a sujetos sociales. Hay otras instituciones universitarias que de buena gana tratan a los estudiantes como clientes y que por nimias o escandalosas cifras los barnizan con un título de grado al final de la carrera. Que el cliente no se enoje, que no critique, que no se vaya, que no repruebe, que traiga a sus amigos y hermanos. Allí, los docentes en realidad son empleados de comercio. No me parece mal, es otra forma de estudiar. Pero yo espero otra cosa de mi trabajo como profesor y ciertamente también espero otra cosa de los estudiantes.

Me pregunto ahora, ¿qué responsabilidad nos cabe como educadores? El cuerpo docente también reproduce conductas apartadas de las normas en la FADU UBA. Si hay estudiantes que llegan tarde, no pocos docentes llegan igualmente tarde, tienen frecuentes inasistencias o se retiran antes de hora. No preparan suficientemente las clases, no trabajan en clase con el material de lectura que pretenden que sus estudiantes lean. Llegan agotados al aula, luego de extensas jornadas laborales, para ejercer la docencia a cambio de una magra o nula retribución, lo cual aumenta el descontento, la impaciencia, la frustración. En los talleres abunda la mugre y el fastidio.

Si en este contexto se realizara una reasignación presupuestaria considerable, me permito fantasear sobre esta idea ya que es improbable por múltiples factores, la propia dinámica del sistema la terminaría fagocitando. Hay tantas urgencias, tenemos tan instalada y naturalizada la idea del colapso, que un aumento presupuestario no haría más que alimentar un cuerpo que no tiene en claro hacia donde quiere ir. Tendría efectos analgésicos, haría más tolerable el padecimiento del día a día. Pero el problema de base está en otro lado. No es un tema de costos sino de sentido. ¿Cuál es el sentido de mantener la universidad pública? Disminuir la brecha social o en todo caso, evitar que se profundice, lograr que los estudiantes sean conscientes de sus derechos y obligaciones como ciudadanos, que tengan memoria, que no se resignen ante la injusticia ni se vuelvan insensibles al sufrimiento ajeno, que sean solidarios, que levanten la voz, que participen activamente en la vida democrática. Argentina ya tiene suficientes hijos de puta y bufones del Imperio como para que le instalemos otra fabrica de ensimismados.

Insisto entonces en la pregunta ¿para qué formamos? Hay que hacerla todos los días. Formar no es uniformar, señores. Desconfío ante el clamor por la recuperación del orden y la normas que piden algunos sectores, de derecha o funcionales a las derechas. Volver a la rigidez de las normas, la disciplina en los horarios y las formas, hacer sentir los rigores de la exigencia, amenazar y castigar usando los espacios de evaluación. ¿Para qué todo esto? ¿Qué aporta, en nombre de qué? El discurso eficientista es perverso.

¿Qué hacer entonces? Para el 2010 me propongo, dentro de lo humide que pueda ser mi aporte, reconstruir el vínculo de la universidad con la realidad inmediata, favorecer el trabajo colectivo, el conocimiento de acciones pasadas que hayan logrado una transformación en el estado de cosas y la defensa a ultranza del pensamiento crítico. Trabajos en grupo. Proyectos reales que impliquen innovación para su resolución (por ejemplo, desarrollo de sistemas de información con altos condicionantes de producción). Debate sobre temas históricos en lo que el Diseño Gráfico, el arte y la comunicación visual hayan tenido un rol transformador (como "Tucumán Arde"). Habrá resistencias, porque debemos ganarle la batalla al mundo de la pantalla mutable y el entertainment. Pero no hay aprendizaje si no se vence la resistencia al nuevo conocimiento. El nuevo saber es perturbador. Quiero estudiantes que tomen partido. Ellos ya son mucho más jóvenes que yo y la energía, por más castigados que vengan a la clase, les brota de las entrañas. Si hay juego se suman, he visto muchas veces esa emoción.

Este es mi proyecto. En un año les cuento.