18/10/2009

Cuento breve: identificación de un oso

Hacia 1980 me encontraba trabajando en el depósito de una vieja editorial de música impresa, en la calle Cangallo. El subsuelo era oscuro, pero no privado de cierta elegancia. Las partituras de Rajmáninov y Couperin vestían el espacio con un halo místico. Un actor de esa extraña escena me refirió cierto texto pendiente de reimpresión. El recuerdo del agotado relator, de voz ruinosa por su intimidad con destilados y mi frágil memoria modificarán algunos detalles.

Se trataba de una partitura para animales de circo, me confesó el colega, cuyo nombre era Gabriel Larcade. En esos años, las bestias no se diferenciaban de los hombres en cuanto a labores destinadas a la supervivencia. Tal vez no mucho ha cambiado desde aquel día, acaso el sufrimiento propio de los trabajadores de la industria del entretenimiento.

Para identificar a un oso en principio hay que diferenciarlo de los seres inanimados, me explicó Gabriel. No ha sido raro el caso de confundir ejemplares vivos con muertos. Osos fallecidos en la arena o la jaula han caminado luego por las calles de esta ciudad, frecuentando el paraíso de la ópera o hablando con los mozos del bar El Boxeador sin que nadie percibiera la falta de pulso. Luego, hay que contarles los dientes y si es el caso, registrar el número de la argolla que viste
la nariz. En ocasiones, el animal tratará de besar al identificador, pero esto no debe permitirse por cuestiones sanitarias. Con el correspondiente permiso, se procede a requisar el domicilio del oso. Esta tarea implica ciertos riesgos; no debe emprenderse sin el visado del urso, en particular si se trata de hembras con parición reciente.

Sin duda estaremos frente a un oso si entre las pertenencias se encuentra un bozal de cuero rústico, un paraguas pequeño para mantener el equilibrio en la cuerda, un par de anteojos de lectura, pinos para malabares, balones de colores con tientos y vivos, una baraja española y un dispensario de especias, destinadas a la sazón de la omnívora dieta.

Mientras estas instrucciones me eran referidas, las paredes parecían tragar la poca luz del subsuelo, devolviendo fragmentos de piezas del Barroco interpretadas en clavecín. Couperin hubiera estado complacido por la falta de licencias en la ejecución por parte del intérprete. Lo
mismo esperaba Gabriel de mi persona, pero no pude acompañarlo. Ahora los años aumentan esa pequeña deslealtad para con palabras que una vez fueron del todo transparentes.