26/06/2008

Orientalismo

Hace un par de semanas, antes de que mi salud se volviera demasiado frágil, estuve de visita en Uruguay. No en Punta del Este ni en Colonia, que no se parecen mucho al resto del país. Fui en auto desde Buenos Aires hasta Paysandú, y allí me quedé tres días en la casa de unos amigos.

No hay nada mejor que salir del propio microclima para comprender algunas cuestiones básicas. Por ejemplo, en un supermercado de esa ciudad, los precios son entre un 30% y un 40% más caros que en nuestra capital. Pero como contraste, un trabajador gana en promedio la tercera parte de lo que gana un trabajador argentino. Un equivalente a lo que en Argentina serían $600. ¿Qué contexto construyen estos indicadores? Pues bien, no hay nada que se parezca a la clase media. Las personas son muy pobres o (unos pocos) extremadamente pudientes. En el medio no hay nada. Ni posibilidad de movilidad social.

Allí uno comprende, entre otras miles de cosas, por qué los uruguayos toman tanto mate, por qué le ponen refrescos o jugos al vino, por qué celebran la radicación de Botnia...

Al mismo tiempo, me dio vergüenza lo salvajes que somos los argentinos con los inmigrantes. Si hay incluso votantes aquí que deben estar pensando en lo feliz que sería sancionar alguna Ley de la Vergüenza como la que acaban de aprobar los esbirros del Parlamento Europeo.