31/05/2008

Distancia

Hay una distancia que se me presenta como insalvable. O al menos, hay días en que es así. Hoy por ejemplo. Asistí a una charla dentro del ciclo T-Convoca. Lamentablemente fue poca gente, porque el tema no era de los más marketineros: ortotipografía.

Por lo general, me llevo como el culo con los ortotipógrafos, tal vez por algún tipo de condicionamiento relativo a su nombre. Me pasó de enfrentarme con un mexicano llamado Jorge de Buen, hace algunos años en un foro, hablando sobre Peirce. En realidad, yo le hablé de Peirce y él me dijo que no lo conocía, lo cual me indignó, pues no podía entender cómo es que alguien que habla sobre la lengua y los signos puede darse el lujo de ignorar a ese filósofo.

Y hoy me volvió a pasar, pero con otro profano, llamado Horacio Gorodischer. A los pocos que estaban, salvo por algún bostezo esporádico, la charla les resultó de gran interés. Hubo debate posterior y muy encendido. El disertante podría haber hablado durante una hora más y todos se hubieran quedado si la institución lo hubiera permitido.

Pero a mi la charla me indignó. Me sulfuró. Escuché muchas cosas con las que estaba en un radical desacuerdo. El disertante dijo que los signos de la escritura no son arbitrarios, que el habla es natural, no mencionó la dimensión perlocucionaria al hablar de los enunciados en Austin (aunque luego mencionó que estaba en otro slide que no comentó, cuando se lo hice notar), le dio con un caño a Saussure y a Rousseau (dijo que era solo una percepción mía, a pesar de sutilezas como "el fantasma de Saussure que condenó a la escritura a un segundo lugar sobrevuela la historia"), mencionó la postura de las feministas en cuanto al sexismo de la lengua pero usó ejemplos criticables desde la cuestión de género... pero nada de esto es notable para alguien que no esté interesado en la teoría de la comunicación y, más extensamente, en problemas sociológico-filosóficos.

Un miembro del auditorio me dijo que mis aportes son muy interesantes (sic) pero que tenga en cuenta el contexto en el cual se proferían. ¡Yo soy parte de ese "contexto"! Pero no lo tengo en cuenta en el sentido en el que me lo piden. Me resisto a tenerlo en cuenta. Rechazo la idea de diseñadores preocupados en los problemas formales de la tipografía, que consideran ajeno todo aquello que avanza más allá del saber empírico.

Posiblemente mi problema es que realmente la tipografía y los tipógrafos me importen una mierda, que realmente no encuentro interlocutores porque me rodeo de personas que tienen oídos para otras cosas. La otra posibilidad es que sea un genio incomprendido, lo cual desestimo y a los fines prácticos carece de importancia, pues no asigno gran valor a los reconocimientos post mortem.

Para Pablo Cosgaya el intercambio fue altamente productivo y jerarquizó el espacio. Para mi fue un capítulo suelto de Lost. Sumamos más piezas a un rompecabezas que nunca se termina, el misterio sigue igual y creció un poquito más el tedio. Yo fui corrosivo en mis críticas y Horacio fue ingenioso en sus respuestas. No hubo diálogo, sino intercambio de monólogos.

Me aburro. Hoy mandaría todo a la mierda, pensando que el mundo vive equivocado. Un mundo en el que no estoy incluido, por supuesto. No vaya a ser que el equivocado sea yo, porque no podría soportarlo.

Más distancia.