27/08/2007

Sin inocencia

Propongo al amable lector reflexionar sobre la estrategia de ataque a la marca "China" a la que estamos asistiendo cotidianamente, por la insólita preponderancia que adquieren en el diálogo los conceptos de identidad y diseño. Si bien hay un conjunto de datos objetivos, la información del caso en general es usada para atentar contra toda la producción proveniente de ese país. O bien, extensivamente, contra el país. Un juguete que contiene niveles tóxicos de plomo en su pintura que ha llegado al mercado habla sobre su productor como sobre su importador.
A modo de ejemplo doméstico: el supermercado es responsable por la adecuada refrigeración de los productos frescos que me vende. Pero yo soy responsable por los alimentos que le doy a mi hija. Ella no puede decidir: yo debo revisar o probar en la medida de mis posibilidades lo que le doy. En el comercio internacional, la confianza ciega en la calidad auditada por el otro es una acción impensable: la empresa productora china es responsable (y no todas las empresas chinas) pero también lo es la empresa norteamericana como diseñadora e importadora. De hecho, una considerable parte de los productos que debieron retirarse del mercado por la presencia de pequeños imanes son atribuíbles a errores de diseño antes que a errores de producción. Pero todo esto puede con mucha facilidad ser torcido en una conveniente acción constructora de opinión pública: China intoxica a nuestros niños, Made in China es sinónimo de peligro. El ataque es al capital simbólico de la marca. Como decía Orozco en su obra: combate de símbolos.